El índice que incomoda
El Fondo Monetario Internacional elaboró un índice que incluye 23 países de la OCDE y mide la capacidad de cada país para capacitar y dotar a sus trabajadores de nuevas habilidades. Chile quedó último.
El indicador considera tres componentes: la proporción de graduados capaces de aportar nuevas competencias informáticas y no informáticas, la participación de adultos en formación relacionada con el trabajo, y la competencia laboral medida por alfabetización y aritmética adulta.
No es un dato menor. Y cuando lo leo, no puedo evitar conectarlo con algo que viví hace poco en primera persona.
Lo que pasó antes de empezar clases
Desde hace un par de meses, estoy estudiando ingeniería informática como segunda carrera universitaria. Antes de asistir a mi primera clase, ya había recibido un correo masivo de la universidad con un único propósito: advertir sobre el uso de inteligencia artificial en contextos académicos y encuadrarlo, desde el inicio, como una forma de trampa.
No había contexto pedagógico. No había orientación sobre cómo usarla bien. Solo prohibición y desconfianza.
Me pregunté: ¿cómo esperar que los estudiantes adopten la IA de forma informada, efectiva y positiva si durante toda su formación se les presenta como algo negativo y altamente moralizado? Si los estudiantes no aprenden a hacerlo durante su formación, es iluso esperar que mágicamente sepan cómo una vez estén titulados.
El problema es anterior a la tecnología
Lo que describe el índice del FMI no es un problema tecnológico — es un problema pedagógico y cultural. Y la anécdota del correo universitario lo ilustra bien: si la institución formadora define la herramienta desde la sospecha moral, el resultado esperable es exactamente eso — personas que saben que existe la tecnología pero no pueden usarla productivamente de forma crítica y eficiente.
El informe del FMI lo dice con claridad: Chile no está mal posicionado porque le falte acceso a la tecnología. Está mal posicionado porque le falta capacidad de convertir ese acceso en productividad real. Y esa capacidad se construye — o se destruye — durante la formación.
Conocer vs. usar
Hay una diferencia importante entre saber que una herramienta existe y saber usarla para resolver problemas reales. El foco, como señala el mismo artículo de El Mercurio, debería estar en aumentar la productividad — no solo en tener un conocimiento superficial de la tecnología.
Eso requiere que la educación deje de tratar la IA como una amenaza moral y empiece a tratarla como lo que es: una herramienta que, bien usada, amplifica capacidades; y mal usada, las reemplaza sin desarrollarlas.
La distinción no es automática. Hay que enseñarla.
Si te interesa explorar cómo enseñar IA de forma responsable y pedagógicamente fundamentada, lee mi post sobre un potente marco concreto para ayudarte a hacerlo: El Marco 4D para enseñar IA responsable en el aula.